el valor de los abrazos

11 Jul

Os copio un artículo de Lucía Etxebarria que podéis leer aquí.

No diré que fuera la experiencia trascendental de mi vida (tengo 45 años, y los he vivido intensamente), pero sí una de las más impactantes. Fuimos a visitar una casa de acogida situada más o menos cerca de mi casa en Marruecos, una créche de una ciudad mediana, con veinte niños y cuatro cuidadoras. No, no era un cuadro dickensiano, no vimos maltrato ni pobreza extrema. Se trataba de un sitio digno, modesto pero muy limpio y organizado. Los niños estaban sanos y bien nutridos, y puede que vistieran ropa vieja, donada por no sabemos quién, pero lavada y planchada. Llevamos como regalo pañales, leche y tetinas para abastecerles, calculo, durante una semana. Nos habían costado 1.000 dirhams, unos cien euros, el equivalente al salario mensual de las cuidadoras.

Nuestra intención era hacer de benévolos, es decir, algo parecido a voluntarios. Gente que juega con los niños, dona algo útil (no aceptan dinero) y cumple el tercer precepto del islam, según el cual hay que ayudar a los pobres y a los huérfanos. La directora no nos acogió con particular interés: no éramos los primeros visitantes ni seríamos los últimos. La actitud de los niños fue radicalmente distinta.

Los críos se peleaban por que les cogieras en brazos. Reclamaban mimos y caricias con la misma urgencia con la que un drogadicto atosigaría a su camello. Si les abrazabas muy estrechamente, les besabas y les acunabas, parecían entrar en una especie de sopor alucinado, parecido al éxtasis que experimentaría el drogadicto del ejemplo cuando por fin consiguiera su dosis. Ni siquiera el primer día se mostraron tímidos o reticentes, pero en cuanto se confiaron se volvieron realmente exigentes en su demanda. Pasé de pasarme una mañana alzándolos abnegada y solícitamente a convertirme, a los tres días, en la réplica afectiva del camello, escatimando el material que podía ofrecer y vendiéndolo caro.

Uno entre ellos, el que yo consideraba el más guapo, era el único que no seguía ese patrón. Como un príncipe oriental digno y esquivo, no se dirigía a ti a menos que tú demandaras audiencia previa. Era el único que no se dejaba coger en brazos. Accedía, eso sí, encantado a jugar con los bloques lógicos. Mi marido decía: “Tiene miedo”. Sin embargo, yo pensé que quizá era el único de los niños que conservaba una estructura afectiva relativamente sana. Los demás me parecía que mostraban un carencia de afecto patológica. Pero mi marido estaba encantado con ellos: los encontraba cariñosos, divertidos, se los hubiera llevado a todos a casa.

De regreso a la mía, reflexionaba sobre la obsesión occidental consumista y cómo esta se transfiere a los niños. Mi hija, o cualquiera de sus compañeros de clase, tiene en su habitación el cuádruple de juguetes y ropa que hubiera en la créche. Casi nunca pide besos porque nunca le han faltado, pero constantemente reclama una muñeca nueva o una película de la que le han hablado. Y cuando escribo que no valora lo que tiene no me refiero a que no valora –aunque tampoco lo hace– sus libros, sus muñecas, sus deuvedés, su habitación propia, sino a que no es consciente de la enorme suerte que tiene de contar con una madre y una familia que están ahí para ella y que siempre lo estarán, al menos mientras vivan.

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